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Aquel verano fue único, cientos de horas caminando descalza por la arena, sintiendo el palpitar suave del mar en calma, el sol ardiente sobre mi piel y el bautismo al amanecer en las aguas de mi Mediterráneo.

En una roca algo alejada le contemplaba cada atardecer, siempre con su cuaderno de cuero marrón, un lápiz y unos ojos que habían secuestrado un pedazo de cielo, también toda mi atención.

Cuando caía la tarde y el sol se despedía, siempre en el mismo sitio, oteando el horizonte, perdido en su mundo pero aún así siempre saludaba, me enamoré de él.

Una tarde se acercó a mi y me regaló una cajita, la había pintado él, me dijo que la abriera cuando naciera el nuevo día y así lo hice, impaciente, ilusionada como una niña con un regalo nuevo.

Al abrirla, un montón de caracolas de todos los colores y formas, me regalaba un trozo de mar y una nota en la que decía: guárdalas hasta nuestro próximo verano, así sabré que me recordarás,un beso en los labios, solo uno pero valió una eternidad. Nunca más le volví a ver pero a pesar de los años, aún conservo todas y cada una de ellas y por los siglos de los siglos, siempre será así mientras viva.

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